Mi viejo el remendón

Alberto Mastra

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    Destino de trinchetas, de suelas y semillas,
    al pie de la banquilla en el viejo galpón,
    el golpe del martillo cantaba tempranero
    pa' darnos el puchero, mi viejo el remendón.
    Poniendo sus remiendos de penas sobre penas
    Que, como una condena, la vieja le dejó
    y que al abandonarnos en ese trance amargo
    mi abuela se hizo cargo de mi hermanito y yo.

    La abuela
    de cabellera rojiza,
    una tanita petisa, de Murano.
    ¡Pobre!
    siempre peleando al destino
    por los queridos bambinos
    de su hijo el artesano.
    ¡Y ahora,
    cuánto, cuánto hubiera dado
    por tenerlos a mi lado, a la nona
    y a mi viejo el remendón!

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    La tinta de sus manos, la suela y el cuchillo
    y el canto del martillo fueron su confesión;
    no sé si tuvo tiempo de conocer la vida,
    por darnos la comida a soledad y galpón.
    Y vi que, poco a poco, los años, la banquilla,
    doblaron sus rodillas sin mendigar perdón;
    y así se fue del mundo llevándose grabado
    su sueño destrozado, mi viejo el remendón.

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