Las agonías

Anarchya

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    EN Cajamarca empezó la agonía.

    El joven Atahualpa, estambre azul,
    árbol insigne, escuchó al viento
    traer rumor de acero.
    Era un confuso
    brillo y temblor desde la costa,
    un galope increíble
    -piafar y poderío-
    de hierro y hierro entre la hierba.
    Llegaron los adelantados.
    El Inca salió de la música
    rodeado por los señores.

    Las visitas
    de otro planeta, sudadas y barbudas,
    iban a hacer la reverencia.

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    El capellán
    Valverde, corazón traidor, chacal podrido,
    adelanta un extraño objeto, un trozo
    de cesto, un fruto
    tal vez de aquel planeta
    de donde vienen los caballos.
    Atahualpa lo toma. No conoce
    de qué se trata: no brilla, no suena,
    y lo deja caer sonriendo.

    "Muerte,
    venganza, matad, que os absuelvo",
    grita el chacal de la cruz asesina.
    El trueno acude hacia los bandoleros.
    Nuestra sangre en su cuna es derramada.
    Los príncipes rodean como un coro
    al Inca, en la hora agonizante.

    Diez mil peruanos caen
    bajo cruces y espadas, la sangre
    moja las vestiduras de Atahualpa.
    Pizarro, el cerdo cruel de Extremadura
    hace amarrar los delicados brazos
    del Inca. La noche ha descendido
    sobre el Perú como una brasa negra.

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