Desde el tablón

Héctor Negro

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    Llené mi pecho con el aire del potrero.
    Le di a la mala con la leña del tablón.
    Y fue mi canto un estribillo futbolero.
    El primer canto que grité de corazón.

    No tuve nunca quien me diera mejor fiesta
    que los domingos esperados como el sol.
    Y este delirio de seguir mi camiseta
    y la alegría reventando cada gol.

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    Si mi mejor juguete
    fue redondo.
    Y mano a mano,
    nadie pudo más,
    porque al final de cuentas sólo tuve
    esa posible forma de ganar.
    Mi infancia caminó por aquel cielo,
    por tanto barro que debió esquivar.
    Y todos los domingos vuelvo y vuelvo,
    por el desquite que la vida no me da.

    Yo vi los goles que se cuentan a los nietos
    y las pifiadas que dan ganas de olvidar.
    Rompí el carnet cuarenta veces, eso es cierto,
    pero por eso no me han visto desertar.

    Porque tuve berretines goleadores
    y de este lado del alambre los colgué.
    En cada grito voy soltando los mejores
    pedazos de alma, que rodando amasijé.

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