Che Gomina

Horacio Ferrer

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    Satanás lo engendró pa' bailarín
    y un pintún infernal le acomodó,
    como nació engominao
    los de su barrio de zinc
    lo bautizaron Gomina, no más.

    Del pañal, ya trajeao salió y tangueó,
    vertical y varón como un ciprés,
    mandó el amague y, después,
    como eligiendo mujer,
    sacó a la vida a bailar.

    Copó Gomina el trocén,
    al canyenguear de sus sinfónicos pies,
    piantó de un corte a París
    y allá bailó con lo mejor del jet-set:
    conocieron Puente Alsina
    reinas, misses y Brigitte Bardot,
    "¡Gomina solo, no más!"
    que le gritó Baryshnikov.

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    Gomina mandaba las luces del pelo
    y al suelo sus tacos bordaban
    las letras de los tangos.
    Y, una noche, Gomina
    su tango escribió:
    tanto abrazar le sembró
    la mayor cicatriz: el amor.

    Y del Japón a Broadway
    cada mujer era ¡la que no lo amó!,
    ninguna pudo hechizar
    a su desdén de melancólico rey,
    ni la Mina Maravilla
    ni las gueishas ni la Dunaway.
    Gomina, muerto de amor
    se las tomó pa' su arrabal.

    Fueron al funeral del bailarín,
    Plisetskaia, Mireya y Cid Charisse,
    encabezando el dolor
    de mil muchachas de ayer
    que habían todas bailado con él.

    Y en un gran contraluz suprarreal,
    vertical y varón como un ciprés,
    Gomina viejo no más,
    mascó el sudario y salió
    de punta en blanco a bailar.
    Sobre su tumba junó
    como eligiendo mujer
    ¡y con la muerte bailó!

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