Cabecita loca

Luis Roldán

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    Las diez de la noche. Mechita no ha vuelto.
    Tampoco a las doce ha venido a almorzar...
    Y entonces el padre, con paso resuelto,
    salió hacia la calle para irla a buscar.
    Estando en la puerta llegó un mandadero
    trayendo una carta. Pregunta por él.
    La rasga temblando. Se va el mensajero.
    Y lee unos renglones que saben a hiel.

    Mechita se ha ido
    y aquel que rondaba
    la tierna paloma
    como un gavilán,
    el sueño dorado
    del viejo robaba
    y se lo llevaba...
    Quién sabe do van...

    Dos lágrimas grandes rodaron serenas.
    Su angustia infinita no puede cambiar
    y al claro de luna lloraba sus penas
    sin otro consuelo que el de recordar.
    Pasaron los días. Pasó una semana.
    Mechita no ha vuelto ya más al hogar
    y el viejo sentado junto a la ventana,
    la espera creyendo que ha de retornar.

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    Después la encontraron...
    La vieron en coche...
    Salió tambaleando
    de un gran cabaret,
    y a la mortecina
    luz de aquella noche
    se vio su carita
    color rosa té.
    Otra vez la vieron pasear por Palermo
    vestida con lujo, guiando un Renault,
    y al lado un muchacho, con cara de enfermo,
    de quien se decía fue su gigoló.
    Un tiempo más tarde, por una vecina,
    se supo cuál era la causa del mal
    y es que envenenada por la cocaína
    se estaba muriendo en un hospital.

    Y mientras su vida
    se va así apagando
    y en vano la ciencia
    pretende alargar,
    el viejo en la iglesia,
    se postra, rezando
    rogándole al cielo
    que la haga sanar.

    Cabecita loca
    que un mundo soñó
    Era su ansia loca
    volar, y voló...

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